Sergio Oliveira
La modestia regularmente nos deja desamparados a los conductores. Casi todos pensamos que manejamos muy bien, pero los demás son unos cafres. Muchos de nosotros vamos por la calle maldiciendo al que no puso la direccional, al que entró despacio a una vía rápida, al que nos cerró el paso o al que se estacionó indebidamente. La lista es tan larga que no cabría aquí. Pero nosotros, bueno, somos perfectos, no nos equivocamos ni infringimos la ley. ¿Verdad? Bueno, uno que otro sabrá reconocer errores, difícilmente alguien sabrá entender que nos falta educación no solo vial, sino de cómo controlar al auto en una situación de urgencia. Simplemente porque no nos enseñaron. A menos que tu, que me lees ahora, hayas sacado tu licencia en Finlandia o Suecia.
No sé si la mayoría, pero muchos de nosotros aprendimos a conducir con un familiar o amigo. Yo, particularmente, lo hice un poco con la ayuda de un amigo y vecino y otro tanto por “robar” el Vocho de mi madre para practicar. No es la mejor escuela, como piensan muchos. La autoescuela tampoco lo es, ni en América Latina, ni en Estados Unidos, ni en España. En general esas instituciones, más que enseñar a conducir un auto, te enseñan a aprobar el examen. Y los examinadores, con frecuencia, otorgan o no la aprobación si el que aplica obedece las leyes de tránsito y mueve el auto con una mínima destreza. Pero ni esto, ni lo años de práctica, al contrario de lo que piensan muchos, transforman a una persona en un buen conductor.
Obviamente, un buen conductor debe obedecer las leyes de tránsito. Y la menos obedecida es la más peligrosa: el límite de velocidad. Es también la infracción más común en México. Dos tercios de los conductores no respeta los límites de velocidad. La segunda es manejar bajo los efectos del alcohol, que disminuye reflejos y la capacidad de analizar distancias. La tercera es el uso del celular mientras conduce, que produce distracciones importante. 36% de los conductores la cometen.
Pero una cosa —que ya hacemos mal, por cierto— es obedecer la ley, otra es controlar el vehículo.
El control del auto
Muchos tienen prisa, otros corren por disfrutar su auto, otros más por una reacción intempestiva, sin importar lo que lo ha provocado, el hecho es que se maneja rápido, pero no se sabe frenar. No me refiero a la frenada normal en un semáforo, sino a una de emergencia de verdad, una en la que vengas a 80 ó 100 km/h y tengas que frenar en seco. A la gran mayoría, más de 80%, le daría miedo. Los que no se asustaran, probablemente sostendrían el volante con mucha fuerza y los brazos estirados. Y en caso de choque fracturarían la muñeca, los codos y los hombros. Un porcentaje aún mayor no sabría que hacer si su auto pierde adherencia. Girar el volante en el sentido contrario de la curva, el movimiento llamado “contra volantear”, es desconocido de casi todos y no muy fácil de aplicar en la medida exacta. La habilidad para desviarse de un obstáculo tampoco es común. Esas son solo tres de las acciones de técnicas de conducción que no nos enseña el amigo, el tío, el papá o la autoescuela, para adquirirlas es necesario inscribirse voluntariamente en un curso de manejo, que al menos en México, no está disponible en todas las ciudades, pero debería ser obligatorio para sacar la licencia de conducir. Sí, sé que pido mucho, más cuando ya hubo tiempos en que se compraba la licencia en un supermercado o se le otorgaba una de manera permanente, como si la vida no te produjera nunca cosas capaces de disminuir tu habilidad de manejar un auto.
Sería una medida poco popular, que no se pide en casi ningún país del mundo, pero sería algo que realmente ayudaría a la gente en el futuro a saber qué debe hacer cuando una emergencia se produce y estás manejando, con toda tu familia, una SUV completamente cargada, a 110 km/h. Se te atraviesa un caballo —ya me pasó, incluso en autopistas de pago— y necesitas decidir, en fracciones de segundo, si frenar, esquivarte o acelerar. Es en ese momento, cuando eres verdaderamente responsable del futuro de tus hijos, que puedes darte cuenta de lo que digo en el título de esta columna. Y puede que sea demasiado tarde para remediarlo.





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