Sergio Oliveira
A cinco meses de haber llegado a Europa, cada paseo por la calle me hace recordar la época dorada de los autos europeos. Son coches que, con mucha frecuencia, eran los mejores del mundo en su categoría. También con enorme regularidad, eran los más bonitos. No siempre lo bueno era bonito ni viceversa, pero cuando lo era, no tenían rivales. Alemania era la absoluta reina. De los años 50 al 2010, por lo menos, aunque en los 50 y principios de los 70, Estados Unidos también era muy fuerte y eventualmente, tenía lo mejor en su clase. Hoy, desafortunadamente, esa Europa ya casi no existe.
Es que incluso cuando hacían autos francamente feos, como el Fiat Multipla, para muchos el auto más feo jamás construido, era tan agradable andar en uno que cuando pedías un taxi en Italia y llegaba un Multipla, sabías que viajaría cómodamente, incluso si te tocaba adelante, entre el piloto y otra persona más.
Cuando hablamos de los alemanes entonces, es casi cobardía compararlos contra cualquier otra cosa. Un BMW 740 de 1999, por ejemplo. O un Mercedes-Benz SL, casi de cualquier fecha, pero especialmente el Pagoda. Los de los años 80 también. Los SL eran lo más sólido, cómodo, equipado, seguro y rápido que se podía comprar en el mundo. En especial con motores V8, para no hablar de los tope de gama: los V12.
Ni siquiera había que ir tan lejos en el tiempo, ni tan alto en la gama, basta Volkswagen, con los GTI, siendo mi favorito el de quinta generación. O el Scirocco, que nunca llegó a México. Era la época de la famosa “sobre ingeniería alemana”. Un tiempo donde el nuevo Clase S determinaba lo que veríamos en tecnología en el futuro. Así fue con las bolsas de aire frontales, hoy presente en prácticamente todos los autos del planeta o el control de crucero adaptativo, que ahora es parte de un humilde Honda Jazz, por ejemplo.
Esa Europa, que conocí en muchos viajes cortos con los medios y unos pocos, menos cortos, personales, ya no existe. Y me entristece.
China y México
En la calle, en lugar de ver a varios Mercedes-Benz Clase E como taxi, ahora vemos a muchos Toyota Corolla. Se entiende, la durabilidad y fiabilidad del auto más vendido del mundo, y que cuesta obviamente mucho menos que el sedán de lujo germano, quitaron el mercado al Clase E. Y hablo de Alemania, no solo de España. Mercedes-Benz puso incentivos de hasta 24% a sus Clase E para taxis, buscando recuperar una hegemonía que llegó a 80% del segmento. Pero funcionó solo para frenar la caída y de 8% del mercado pasaron a tener 19%.
En México, soñé por mucho tiempo con la posible llegada de Citroën, antes de verla relegada a ser la marca “barata” dentro de Stellantis, que hoy, bajo su inmenso paraguas de marcas, solo Jeep, Ram, Peugeot y Fiat son importantes para ellos.
Viví y disfruté la época en la que el mejor sedán de Chevrolet era el Vectra, en realidad un Opel que era mucho, pero mucho mejor que su rival estadounidense, el Malibu. De hecho toda la gama de Opel, con Corsa, Astra, Meriva y Zafira. El Corsa era tan bueno que se naturalizó mexicano, se transformó en Chevy y fue el auto que “mató” al Vocho.
Hoy, ya con cinco meses viviendo en Madrid, lo que se me antoja hacer algún día es importar un viejo Mercedes de Alemania. El otro día vi a un CLK 200 modelo 1996 por 1,500 euros. Tan barato que uno desconfía. Pero uno que se veía mejor y tenía solo 60 mil kilómetros, salía por 6 mil euros, es decir, poco más de 120 mil pesos. Nada mal.
Como no puedo pedir al tiempo que vuelva (algunos entenderán la referencia), prefiero extrañar a los buenos autos que manejé en México antes de venir y que extraño mucho, como la Ford Edge o la Lincoln Aviator. Lincoln, de hecho, tiene un lugar especial en mi corazón. Extraño su confort, espacio, equipo, potencia. Admiro que la marca nunca haya querido ser europea y se haya mantenido como lo que siempre fue: lujo estadounidense. Con la decadencia europea de hoy, esa admiración es aún mayor. Lo bueno es que, en una visita puedo disfrutarla de nuevo y no necesito un De Lorean que me regrese a los años 90.
Te extraño Europa que no tuve. Te extraño, Lincoln.





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