Sergio Oliveira
Hasta principios de los años 90, cuando comprabas un auto éste venía con una caja básica de herramientas, generalmente incluía un gato mecánico, un par de desarmadores, unas pinzas, a veces un pequeño gancho para quitar las “polveras” (cuando el consumidor en México aún aceptaba autos sin rines de aluminio). Hoy, agradeces si tiene tapetes. En esa época también podías elegir si llevabas el auto a la agencia a su mantenimiento y a posibles reparaciones o al “Tuercas”, ese mítico personaje de barrio que reparaba todo lo que le llevaran. No siempre bien, no siempre barato, hay que decirlo. La época dorada del Tuercas comenzó a terminar con la llegada de las computadoras, esa misteriosa caja supuestamente inteligente que controlaba cosas que un mecánico no podía controlar. Ahora, con el dominio de los sistemas de cómputo, las marcas se aprovechan para frenar el acceso al software de sus autos, forzando al consumidor a reparar sus coches en los distribuidores autorizados. Esto levantó batallas legales y hasta políticas, principalmente en Europa y Estados Unidos. Y el tema no ha terminado.
En 2024, los europeos establecieron una ley que obliga a los fabricantes de equipos electrónicos, incluyendo autos, celulares y hasta refrigeradores, a ofrecer partes de repuesto a precios razonables, buscando evitar el tema de la obsolescencia programada. Las marcas le dieron la vuelta con una estrategia que comenzó con BMW. Sus autos, hechos después de 2020, solo aceptan y reconocen una autoparte si ésta está hecha para ese auto, con su número de serie incluido. En otras palabras, poner una parte igual, incluso hecha por la misma BMW, no es suficiente, es necesario acceder al sistema del fabricante y obtener su licencia para instalarla. Obviamente esa licencia no se otorga a cualquier taller y obliga el consumidor a reparar sus autos en las agencias, por el precio que ellos quieran, claro. Mercedes-Benz y VW no tardaron en copiar.
En Estados Unidos, su presidente actual firmó una ley que le da a la gente el derecho a reparar su auto donde quieran, pero del dicho al hecho aún hay cosas que resolver y una de ellas es la independencia de los estados que conforman la Unión Americana, cada uno de ellos tiene que legislar sobre el tema y solo Massachusetts y Maine han realmente dado ese derecho al consumidor.
Los hackers
Un caso que se resolvió en favor de los consumidores se dio en el vecino del norte, con el fabricante de tractores John Deere (JD) que negaba acceso a su software a cualquier taller independiente y con ello frenaba el derecho a la reparación. Comprabas un tractor, pero su funcionamiento seguía siendo controlado por el fabricante. Hasta que este año, después de ver sus ventas caer por el desprestigio causado por el tema, JD firmó un acuerdo, valorado en 99 millones de dólares, en el que garantiza el acceso a su software a talleres independientes.
El tema es si esto llegará o no a la industria automotriz. La misma BMW ya ha mostrado ganas de controlar hasta otras cosas, cobrando por permitir el uso de los calefactores de los asientos de los autos, por ejemplo. Al igual que con John Deere, compras el coche, pero no su uso completo.
Tesla y Apple también son partidarias de mantener ese control y el argumento de todas es que dar acceso al software es abrir una puerta a los hackers, que podrían interferir con sistemas del coche de manera remota, incluyendo algunos muy peligrosos, como los frenos. Es un argumento sólido, pero no me parece suficiente. Uno como consumidor debe tener el derecho de decidir quién repara un producto que compró, incluso si hay riesgos.
En México no tenemos una legislación sobre esto, pero en la práctica, muchas veces no tenemos el derecho de reparar los autos do de queramos. Si roban la computadora de tu coche, probablemente cortando los arneses que son más caros que la computadora, te están obligando a ir al mercado negro por esas partes, porque el precio de esa reparación externa puede ser cinco veces menor que en la agencia.
El tema, más allá de los videos de políticos firmando acuerdos supuestamente en favor de los consumidores, está lejos de arreglarse. El caso de John Deere, más por su reacción ante la bajada de sus ventas que por otra cosa, fue un gran precedente, más que algunos decretos. Ojalá esto termine reflejándose en la industria automotriz.





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